MARÍA GÓMEZ BRAVO | Tungsteno
Aferrarse a una pared de granito requiere entender el lenguaje de la roca. Desde la Edad Media, la arquitectura ha buscado soluciones que permitieran habitar los terrenos más extremos, desafiando la gravedad como si flotaran sobre el vacío. Las Casas Colgadas de Cuenca, levantadas en el siglo XV, los monasterios de Meteora en Grecia, suspendidos sobre pilares de roca casi verticales, o diseños contemporáneos como la Cliff House en Australia, son edificaciones que comparten la misma idea: construir justo en el límite entre la tierra firme y el abismo.
Cuenca: la conquista del espacio aéreo
Durante el siglo XV la ciudad de Cuenca se consolidó dentro del Reino de Castilla como bastión estratégico y centro económico de la región. Este auge empujó la necesidad de dar respuesta a una población creciente más allá de la fortaleza medieval amurallada sobre las hoces del Júcar y Huécar. La escasez de terreno determinó la propuesta de las Casas Colgadas, una conquista del vacío sin depender de él.
Se sirvieron de unas complejas estructuras en las que intercalaron vigas almojayas (o en voladizos) soportadas en los muros interiores, neutralizando el peso de los balcones en volandas con el forjado de la planta baja del edificio. El conjunto, que se puede admirar desde el otro lado del río, fue reconocido como parte de la Ciudad Histórica Amurallada de Cuenca, declarada Patrimonio Mundial de la Unesco en 1996.
Meteora: el equilibrio como refuerzo
Los monasterios ortodoxos de Meteora (Grecia) se enfrentaron a un desafío diferente: el equilibrio sobre la roca porosa de los pináculos casi verticales elevados en las afueras de Kalambaka, en la llanura de Tesalia. Como en Cuenca, las soluciones empleadas respondieron a una adaptación al medio.
La distribución del peso de los monasterios ortodoxo-bizantinos de Meteora evita el colapso de los pináculos de arenisca sobre los que están elevados. Crédito: Walter Weinberg / 500px/Getty Images
Los enormes pilares de arenisca y conglomerado, con alturas de hasta 600 metros, fueron el lugar elegido por los monjes ortodoxos-bizantinos para la construcción, en el siglo XIV, de los monasterios como refugio ante los ataques del Imperio otomano en Grecia. Un enclave único (“suspendido en el aire” según su traducción del griego Μετέωρα) para la práctica de la unión con la divinidad en soledad, al que, además, solo podía accederse mediante largas escaleras de mano o redes que se izaban con poleas.
En esta hazaña de ingeniería medieval, los monjes utilizaron las grietas en la roca para enclavar cuñas de madera y andamios provisionales. La propia zona de la roca sirvió para levantar los muros y excavar cisternas que permitían recolectar el agua de la lluvia.
La distribución del peso de los monasterios, casi siempre en el centro del pináculo, evita el colapso de la columna de piedra. Además, la propia estructura actúa como un tapón de compresión de la roca, sellando las fisuras propias de la porosidad de la arenisca y evitando que se expandan por la infiltración del agua.
La evolución del voladizo: de la madera al acero
Estas soluciones constructivas sobre la roca han evolucionado hacia otros proyectos extremos que buscan la mínima intervención en el paisaje, como las casas del Valle de Wangxian (China), un ejemplo de rehabilitación del entorno rural donde la arquitectura recupera la estética tradicional de la etnia Xian mediante ingeniería de vanguardia.
Las viviendas están suspendidas en las paredes de granito mediante el principio del voladizo, pero sustituyen las vigas de madera por estructuras de acero ocultas y pernos de alta resistencia anclados en la roca. El mismo ejercicio técnico que se emplea en la australiana Cliff House de Modscape, un proyecto conceptual aún no construido concebido para quedar suspendido sobre un precipicio en la costa de Victoria.
En las casas del Valle de Wangxian (China) las viviendas se anclan a la roca mediante estructuras de acero y pernos de alta resistencia. Crédito: Jaclyne Ortiz/Istockphoto
El diseño propuesto consta de cinco módulos que se fijan a la roca con anclajes de acero de alta resistencia, imitando la forma en que los percebes se adhieren al casco de un barco. Su estabilidad viene determinada por el control de las cargas y la torsión de los elementos estructurales. Un desafío técnico con siglos de historia que hoy se resuelve mediante simulaciones digitales y materiales de alta resistencia.
Este afán por flotar sobre el paisaje no es nuevo. A finales de los años 60 el arquitecto modernista Harry Weese ya desafió la gravedad con la Shadowcliff, una estructura de vidrio y acero sobre el Lago Michigan en Ellison Bay (Wisconsin) que demostró que el acero podía ser el aliado perfecto para habitar el abismo sin la necesidad de cimientos masivos.
La necesidad defensiva o la espiritual que sustentaban las primeras construcciones medievales ha evolucionado hoy día hacia soluciones arquitectónicas extremas que ponen a prueba la capacidad de habitar lugares que, en principio, no estaban destinados a serlo.
Tungsteno es un laboratorio periodístico que explora la esencia de la innovación.
