La representación del coloso custodiando el puerto de Rodas apareció siglos después de que la estatua desapareciera y terminó convirtiéndose en la imagen que todavía asociamos a la representación monumental del dios Helios. Crédito: Ullstein bild/ Getty Images.

Las esculturas colosales que desaparecieron sin dejar rastro

Terremotos, guerras o el propio paso del tiempo hicieron desaparecer algunas de las esculturas más monumentales de la historia. De ellas quedan textos, restos arqueológicos y, en los casos más recientes, imágenes que permiten reconstruir parte de lo perdido. Del Coloso de Rodas a los Budas de Bamiyán, estas huellas permiten conocer cómo fueron levantadas y, en algunos casos, decidir qué hacer con lo que queda de ellas.

MARÍA GÓMEZ BRAVO | Tungsteno

En marzo de 2001 las pantallas de televisión de todo el mundo fueron testigos de la caída de los Budas afganos de Bamiyán. Durante semanas, las explosiones ordenadas por el régimen talibán fueron destruyendo las dos esculturas milenarias. Veinticinco años después, aquellas imágenes se han convertido en un símbolo de la destrucción deliberada del patrimonio cultural y mantienen abierto el debate sobre qué ocurre cuando desaparecen obras monumentales concebidas para perdurar durante siglos.

Mucho antes de Bamiyán, terremotos, incendios, guerras o, simplemente, el paso del tiempo y la reutilización de sus materiales hicieron desaparecer algunos de los colosos de la Antigüedad. De muchas de estas esculturas grandiosas apenas quedan indicios: los textos que las describieron, el lugar donde se levantaron, fragmentos dispersos o las huellas que dejaron en el paisaje. A esas evidencias se suman hoy nuevas herramientas que permiten reconstruir y estudiar monumentos que ya no existen físicamente.

 

Un coloso en constante reconstrucción

 

Pocas esculturas han generado tanta literatura y, al mismo tiempo, tan pocas certezas como el Coloso de Rodas. La figura del gigante dominando la entrada del puerto heleno forma parte del imaginario colectivo, aunque no sabemos si realmente fue así. Esta interpretación surgió siglos después de que la estatua desapareciera y terminó definiendo la forma en que todavía hoy imaginamos al coloso dedicado al dios Helios.

Hoy sabemos que el Coloso fue levantado entre los años 295 y 283 a. C. para conmemorar la victoria de Rodas frente al asedio de Demetrio Poliorcetes y que alcanzó alrededor de 34 metros de altura. Nathan Badoud, autor de uno de los estudios más recientes y exhaustivos sobre la estatua, plantea su posible ubicación en el entorno del actual Palacio del Gran Maestre. También existe un amplio consenso sobre la causa de su destrucción: un terremoto lo destruyó apenas medio siglo después de su construcción.

A partir de ahí comienzan las incógnitas. No se conserva ningún fragmento identificado de la estatua y las fuentes antiguas apenas ofrecen descripciones. Arqueólogos e historiadores han revisado la topografía de la antigua Rodas, los textos clásicos y el contexto político en el que fue erigido para intentar determinar dónde se levantó, cuál era su aspecto y qué significado tenía para una ciudad convertida entonces en una de las grandes potencias del Mediterráneo oriental.

 

La investigación a partir de la literatura clásica junto con disciplinas como la topografía o la ingeniería, cuestiona la imagen y la localización tradicionalmente asociada al Coloso. Foto: Culture Club/Getty Images.

 

A estas investigaciones se ha incorporado también la ingeniería. El conocimiento de la metalurgia helenística, los materiales y el comportamiento estructural del bronce permite comprobar hasta qué punto resultan viables las distintas hipótesis sobre su construcción. Las fuentes antiguas, entre ellas los textos de Plinio el Viejo, siguen siendo fundamentales, pero ya no son la única herramienta disponible para intentar reconstruir un coloso desaparecido hace más de dos mil años.

 

Reconstruir desde el lugar de origen

 

Del Zeus de Olimpia no conocemos con certeza cuándo ni cómo desapareció. Sí sabemos que hacia el 430 a. C. una figura monumental presidía el templo dedicado al dios en el santuario griego del Peloponeso. El edificio se había levantado unas décadas antes, en la primera mitad del siglo V a. C., y sus frontones y metopas estaban decorados con un amplio conjunto escultórico. Frente a él, fuera del recinto sagrado del Altis, se encontraba el taller donde trabajó Fidias, autor de la monumental representación de Zeus.

Las excavaciones recuperaron en ese terreno moldes de terracota, restos de marfil y materiales empleados para trabajar el vidrio. También apareció una pequeña copa con la inscripción Pheidiou eimi (“pertenezco a Fidias"). La cronología de los hallazgos sitúa la actividad del edificio en el tercer cuarto del siglo V a. C., coincidiendo con el periodo en el que se construyó la escultura, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo.

 

De la gran escultura de Zeus de Fidias conocemos sus materiales y cómo se fabricaron algunos de sus componentes a partir de los moldes encontrados fuera del recinto sagrado del Altis, donde se situaba el taller. Crédito: Hulton Archive/Getty Images.

 

El Zeus era una escultura criselefantina de dimensiones extraordinarias. La historiadora del arte Judith M. Barringer sitúa su altura en torno a los 13,5 metros, una escala que obligó a construir la figura a partir de una estructura interior, probablemente de madera, sobre la que se dispusieron diferentes materiales, principalmente marfil para representar la piel y oro para las vestimentas. Los moldes encontrados en el taller permiten estudiar cómo se fabricaron algunos de esos componentes, aunque todavía no sabemos con precisión cómo se ensambló el conjunto.

La combinación de materiales también condicionaba su conservación. El marfil y la madera son sensibles a las variaciones de humedad. Cuando el viajero y geógrafo griego Pausanias visitó Olimpia en el siglo II d. C., dejó constancia de la presencia de aceite en una depresión situada delante de la estatua. Se ha interpretado como una posible medida para proteger el marfil de las condiciones ambientales, aunque investigaciones posteriores apuntan también a una función óptica: la superficie podría haber ayudado a reflejar la luz sobre la figura. Ambas hipótesis siguen abiertas.

 

Las imágenes que sobrevivieron a los Budas

 

Tras las explosiones, las dos grandes hornacinas de Bamiyán quedaron prácticamente vacías y los restos de las esculturas se acumulaban a sus pies. Para estudiarlas, los investigadores disponían de algo que nunca existió en el caso del Coloso de Rodas o el Zeus de Olimpia: las fotografías tomadas antes de su destrucción.

 

La estatua de Buda en pie más alta del mundo, situada en la provincia afgana de Bamiyán, fue destruida con las explosiones ordenadas por el régimen talibán en 2001. Crédito: JEAN-CLAUDE CHAPON/AFP/GETTY.

 

Apenas tres años después, Armin Grün, Fabio Remondino y Li Zhang, de la ETH de Zúrich, recurrieron a tres colecciones de imágenes anteriores a 2001 para reconstruir digitalmente el Gran Buda. El trabajo, publicado en The Photogrammetric Record, combinó fotografías de visitantes con otras realizadas específicamente para obtener mediciones. La fotogrametría permitió recuperar su forma y dimensiones y generar un modelo en tres dimensiones.

Las técnicas digitales se aplicaron también al acantilado. El escáner láser y la fotogrametría sirvieron para documentar las hornacinas y los restos y obtener una referencia precisa de su estado. Años después, algunos proyectos incorporaron estos datos a entornos virtuales para estudiar diferentes medidas de conservación y restauración antes de intervenir sobre el conjunto.

En 2017, un estudio publicado en PLOS ONE analizó las capas de pintura adheridas a algunos fragmentos para reconstruir parte de la historia de su decoración. Los análisis encontraron proteínas de huevo empleadas como aglutinante en las capas originales y leche de vaca y cabra en repintados posteriores, lo que permitió diferenciar distintas etapas y materiales utilizados en los Budas a lo largo del tiempo.

 

Reconstruir o conservar la ausencia

 

Las tecnologías digitales han permitido reconstruir el aspecto de los Budas con una precisión impensable hace unas décadas. Pero convertir esos modelos en una reconstrucción física abre un debate diferente. Veinticinco años después de su destrucción, el futuro de las hornacinas de Bamiyán sigue sin estar resuelto.

Las propuestas han ido desde mantenerlas vacías hasta reconstruir parcial o totalmente alguna de las figuras. La UNESCO y los expertos que han trabajado en el conjunto han analizado durante años las distintas posibilidades. No se trata únicamente de determinar qué puede reconstruirse: hay que valorar la estabilidad del acantilado, los fragmentos originales que podrían reutilizarse, la autenticidad de una eventual intervención y su significado para las comunidades vinculadas al valle.

 

 

La reconstrucción de los Budas de Bamiyán, demolidos por el régimen talibán en 2001, mantiene abierto el debate sobre cuánto de esa ausencia debe conservarse. Crédito: KAMRAN SHAFAYEE/AFP via Getty Images.

 

A estas cuestiones se añade el valor histórico de la propia destrucción. Las explosiones de 2001 modificaron para siempre el conjunto y sus huellas forman ya parte de la historia reciente de Bamiyán. Por eso, entre las alternativas estudiadas se ha planteado mantener al menos una de las hornacinas vacía como testimonio de lo ocurrido, frente a otras propuestas que defienden recuperar, en distinto grado, la presencia de los Budas.


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