Eladio Dieste exploró las posibilidades del ladrillo mediante estructuras curvas que combinaban resistencia y economía de materiales. Crédito: Gerardo Conti P - Trabajo propio, CC0, https://commons.wikimedia.org / stock.adobe.com.

Eladio Dieste, el ingeniero que desafió los límites del ladrillo

El ingeniero uruguayo recurrió a las matemáticas y la geometría para explorar nuevas posibilidades del ladrillo. La casa Berlingieri, la iglesia de Atlántida y un depósito del puerto de Montevideo muestran cómo llevó sus investigaciones desde las primeras bóvedas de cerámica armada hasta cubiertas capaces de salvar 50 metros sin pilares intermedios.

MARÍA GÓMEZ BRAVO | Tungsteno

La Estación Atlántida era un pequeño núcleo de población surgido al calor del ferrocarril a finales del siglo XIX, a unos 45 kilómetros de Montevideo, en Uruguay. En los años cincuenta, una comisión de fieles del cercano balneario de Atlántida, entre cuyos impulsores estaba el matrimonio formado por Alberto Giudice y Adela Urioste, decidió promover la construcción de una iglesia que diera servicio a esta comunidad. La propuesta llegó a manos del ingeniero Eladio Dieste, con la idea de levantar un templo sencillo y de coste similar al de una nave industrial. Sin embargo, Dieste tenía otros planes: diseñó una iglesia de ladrillo con muros ondulados y una cubierta de curvas continuas que, décadas después, sería reconocida como Patrimonio Mundial por la UNESCO.

 

La geometría al servicio de la resistencia

 

Cuando comenzó a trabajar en la iglesia de Atlántida, Dieste (1917-2000) llevaba más de una década explorando las posibilidades de la cerámica armada. Había estudiado Ingeniería Civil en la Universidad de la República de Uruguay y comenzó su trayectoria profesional en una época en la que el hormigón armado estaba transformando la arquitectura. Él, sin embargo, encontró en el ladrillo, un material tradicional y abundante en su país, un campo de experimentación.

Uno de sus primeros desafíos llegó con el proyecto de la casa Berlingieri, en Punta Ballena, desarrollado en 1946 por el arquitecto catalán Antoni Bonet, exiliado en Argentina tras la Guerra Civil española. Bonet había previsto unas bóvedas de hormigón armado, pero su construcción resultaba costosa. Dieste propuso utilizar ladrillos reforzados con acero, una solución que combinaba la resistencia de la cerámica con la capacidad del metal para soportar esfuerzos de tracción.

 

El ingeniero Eladio Dieste encontró en el ladrillo, un material tradicional y abundante en su país, un campo de experimentación. Crédito: Structures by Design: R.Whitehead.

 

Aquella experiencia abrió una línea de investigación que desarrollaría durante el resto de su carrera. El ingeniero uruguayo estudió cómo la forma de las superficies curvas podía aumentar la resistencia de las estructuras y reducir la cantidad de material necesaria para construirlas. Con el tiempo, aplicó estos conocimientos a fábricas, almacenes e instalaciones agrícolas, como el silo de Young, proyectado para almacenar grano bajo bóvedas de cerámica armada.

El encargo de Atlántida tenía, además, un significado personal. Dieste era un hombre de profundas convicciones católicas y quería crear un lugar de encuentro para una comunidad de trabajadores con recursos modestos. El presupuesto era limitado, pero el ingeniero encontró en aquellas condiciones una oportunidad para desarrollar una arquitectura acorde con las necesidades de la comunidad y sus propias creencias.

 

La iglesia de Cristo Obrero, en Atlántida (Uruguay), destaca por sus muros ondulados de ladrillo. Fue declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2021. Crédito: PABLO PORCIUNCULA / Colaborador.

 

Una iglesia construida con curvas

 

Las obras de la Iglesia de Cristo Obrero y Nuestra Señora de Lourdes comenzaron en 1958. Dieste proyectó un templo de una sola nave, con muros ondulados que sostienen una cubierta de cerámica armada. Aquellas curvas aportaban resistencia a la estructura y permitían prescindir de columnas interiores, pero también definían el carácter del edificio. La luz penetraba por pequeñas aberturas y acentuaba las ondulaciones de los muros de ladrillo visto, creando un espacio muy distinto al de las iglesias convencionales.

En esa manera de concebir el templo también se reconocen las inquietudes de la arquitectura religiosa moderna. Según la arquitecta Mary Méndez en Divinas piedras. Arquitectura y catolicismo en Uruguay (1950-1965), entre las referencias de Dieste estaba la capilla de Notre-Dame du Haut, en Ronchamp, proyectada por Le Corbusier. Pero el ingeniero tuvo que adaptar sus ideas a las condiciones de una pequeña comunidad uruguaya y a las limitaciones del presupuesto.

Señala Méndez que Dieste acudía a la obra varias veces por semana para supervisar personalmente los trabajos y llegó a consultar algunas decisiones con el arquitecto uruguayo Justino Serralta, que había colaborado con Le Corbusier en Francia. Aquella experiencia acabaría ocupando un lugar especial en su trayectoria. «Esa fue mi gran Facultad de Arquitectura», reconocería después.

 

El campanario de la iglesia de Cristo Obrero, en Atlántida (Uruguay), es una torre cilíndrica de ladrillo calado que Dieste ordenó derribar y reconstruir cuando ya alcanzaba cinco metros de altura. Crédito: PABLO PORCIUNCULA / Colaborador.

 

Su atención al detalle llegó al extremo durante la construcción del campanario. Cuando la torre ya había alcanzado unos cinco metros de altura, ordenó derribarla porque no estaba satisfecho con la disposición de los ladrillos. La decisión obligó a empezar de nuevo, pese a las dificultades económicas del proyecto. Dieste acabaría renunciando a sus honorarios y su empresa perdió dinero con la obra.

El campanario reconstruido se alza junto al templo como una torre cilíndrica de ladrillo calado. Dieste, que se había convertido al catolicismo en la edad adulta, también quiso favorecer una relación más cercana entre los fieles y el altar. Para ello, redujo el desnivel entre el presbiterio y la nave y prescindió de la barandilla que tradicionalmente los separaba. Bajo tierra situó el baptisterio, al que se accede desde el exterior mediante una escalera. El descenso a esta estancia, iluminada tenuemente, y el posterior ascenso hacia la iglesia simbolizan el bautismo y la incorporación a la comunidad cristiana. Algunas de estas decisiones se adelantaron a las reformas litúrgicas impulsadas por el Concilio Vaticano II, iniciado en 1962.

La singularidad de la iglesia llamó pronto la atención fuera de Uruguay. En 1961 apareció en publicaciones especializadas de España, Francia y Reino Unido. En 2021, la UNESCO la incorporó a la Lista del Patrimonio Mundial, destacando su innovadora utilización del ladrillo armado y la relación entre sus soluciones estructurales, su arquitectura y la economía de recursos.

 

El desafío de cubrir 50 metros sin pilares

 

Dieste llevaba años aplicando sus investigaciones sobre la cerámica armada a fábricas y otras construcciones industriales cuando, en 1975, la Administración Nacional de Puertos convocó una licitación para reconstruir un antiguo depósito del puerto de Montevideo que había sufrido un incendio. La convocatoria contemplaba demoler el almacén y levantar uno nuevo, pero el ingeniero presentó una alternativa.

El edificio conservaba sus muros de mampostería del siglo XIX, que Dieste decidió aprovechar. Su propuesta consistía en reforzar la construcción existente y levantar una cubierta capaz de salvar 50 metros sin pilares intermedios, dejando despejado el espacio destinado al movimiento y almacenamiento de mercancías. La solución permitía, además, reducir el coste de la reconstrucción.

 

Las bóvedas de cerámica armada del depósito Julio Herrera y Obes, en Montevideo, cubren una distancia de 50 metros sin pilares intermedios. Crédito: Joerg Boethling / Alamy Stock.

 

Para conseguirlo diseñó 14 bóvedas de doble curvatura construidas con ladrillos huecos. Nunca antes había logrado salvar una distancia tan grande entre apoyos con este sistema, según recoge la documentación sobre el depósito Julio Herrera y Obes. Las obras, realizadas entre octubre de 1977 y mayo de 1979, permitieron recuperar unos 4.200 metros cuadrados para la actividad portuaria.

La reconstrucción exigió reforzar los cimientos y la antigua mampostería para sostener la nueva cubierta. Entre las bóvedas se incorporaron superficies acristaladas que dejaban pasar la luz natural. La intervención permitió conservar las proporciones y parte del carácter arquitectónico del almacén original.

En 2016, el depósito fue declarado Monumento Histórico Nacional de Uruguay. Bajo las bóvedas de Dieste permanecen los muros del siglo XIX que sobrevivieron al incendio.


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